sábado, 21 de diciembre de 2019

Poema nº 29. Pajarillos, después de llover

 
 
 
Pajarillos, después de llover
 
Al poco de llover, casi nunca se ve uno solo,
en el suelo revolotean en grupos pequeños.
Siempre son varios los que,
saltarines, picotean nerviosos.
 
Saben que pronto volverá a llover.
No paran, lo intuyen, con inquietud lo ven.
Siempre alerta, de todo pendientes,
con desazón miran una y otra vez.
 
Son intermitentes dueños
de zonas de la calle mojada.
Son vigilantes constantes
y perennes de sus alrededores.
 
Son impetuosos por naturaleza,
parece que entendieran, aún sin hablar.
Al trasluz ves que quieren
 dar salida a su inquietud.
 
Sin hablar, solo con sus movimientos,
con su insistencia, reclaman poder,
reclaman poder ser. Saben que la vida,
 se la juegan, también a la hora de comer.
 
 

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Poema nº 28. Dios no existe, pero la censura sí

 
Dios no existe, pero la censura sí
 
Si dios existe, algo que yo no creo,
yo me quedo con otro dios.
Yo me quedo con el dios
que maldicen los mineros,
cuando dentro de la mina
presienten que la muerte está a su vera.
 
También me quedo con otro dios.
Yo me quedo con el dios
que invocan los padres
al comprobar, una vez y otra,
que la muerte de un hijo
está cada vez más cerca.
 
No quiero al dios de la censura,
que todo lo ve, que todo lo cura.
Que antes de maneras bravas,
y hoy de otras formas más delicadas,
más suaves, más sutiles, más veladas,
me dice lo que salva o lo que aguarda.
 
¿Dónde están los dioses que liberan?
¿Cuáles son los que ayudan y nada esperan?
¿Dónde están los dioses que a los más pobres
por justicia, mejor por equidad, hacen prosperar?
¿Dónde los dioses que buscan los derechos
y, poco a poco, se alejan, cada vez más, de la caridad?
 
Ha llegado el momento de separar
a los que rezan y a los que quieren mandar.
Yo estoy de acuerdo en que recen, si quieren rezar,
pero fuera del poder y sin obligar a los demás.
Que todos sabemos que, para rezar,
no hace falta ni tanta censura, ni tanta catedral.


domingo, 24 de noviembre de 2019

Poema nº. 27. Después de una noche de vela

 
 


Después de una noche de vela
 
Cadáver o muerto o difunto o cuerpo presente…
Frente a él, amalgama de cuerpos cansados, enlutados.
 
Después de una larga noche, el cuerpo velado,
si cabe, parece que aún está más quieto.
 
Los mayores, con aspecto señorial y cansado,
ocupan, los que ellos entienden que son sus lugares.
 
A su manera, cumplen a rajatabla con el protocolo,
hoy poco importan sus achaques y dolamas.
 
Por turno y por momentos, hablan
poco y serios, con miradas, con gestos.
 
Son frases escuetas, cortadas, que se mezclan
con rostros que expresan dolor y cansancio.
 
Surgen recuerdos tapados con lágrimas,
con lágrimas de dolor, de incomprensión.

Atrás quedan torpes movimientos,
 con dolor y llantos.
 
La larga y fría noche de vela ha pasado,
la mañana estremece los cuerpos anquilosados.
 
Junto a ellos, grupos de jóvenes
que mezclan risas y lágrimas sueltas.
 
 

 

viernes, 8 de noviembre de 2019

Poema nº 26. Quiero ser como cualquiera...

 
 
Quiero ser como cualquiera

Quiero ser como cualquiera,
cualquiera que cuando
quiere decir algo, canta.

 Quiero ser como cualquiera,
cualquiera que canta a la alegría,
pero que también canta a la pena.

Quiero ser como cualquiera,
que canta al amanecer,
pero que también canta a la noche negra.
 
Quiero ser como cualquiera,
cualquiera que canta a la mañana clara,
pero que también canta a la tarde sombría.
 
Quiero ser como cualquiera,
cualquiera que canta al despertar alegre,
pero que también canta al sueño profundo.
 
Quiero ser como cualquiera,
cualquiera que canta a la alborozada partida,
pero que también canta al que vuelve enseguida.
 
Quiero ser como cualquiera,
cualquiera que canta y que, poco a poco, se aproxima,
pero que también canta a favor del viento que distancia.
 
Quiero ser como cualquiera,
cualquiera que canta el encuentro,
pero que también canta la alegre despedida.
 
Quiero ser como cualquiera,
cualquiera que canta la alegre despedida,
pero que también canta la despedida fría como la muerte.
 
¿A la despedida fría como la muerte?...
Sí. Como la muerte. 
Como la muerte de la persona querida…
 

viernes, 25 de octubre de 2019

Poema nº 25. Tu risa joven

 


Tu risa joven
 
Al verte, levemente, te sonrío,
porque, de repente, asoma tu risa joven.
Muchos mensajes me envía tu cara sonriente.
Ella me dice, con suavidad, que eres feliz.
También me lo dicen tus blancos dientes,
a los que ocultan tus labios fuertes.
 
Tu risa es próxima, seductora,
más aún, parece limpia y sincera.
Porque nada pide, nada exige,
porque nada ni a nadie espera.
Ella se ofrece, como la mañana fresca,
como la mañana tranquila y serena.
 
Pasa un momento y, de nuevo,
te sonrío y te vuelvo a mirar.
Tu foto está enfrente.
Ahora, por lo que sea, tu risa
me parece que espera una señal,
aunque sea leve, aunque sea ligera.
 
Como nos pasa en la sobremesa,
ahora espera la mirada amable.
Como cuando hacemos el guiño
y celebramos con un brindis entre amigos,
o como el brindis de familia, donde buscamos
la complicidad, la mirada, la sonrisa sana.

 

domingo, 13 de octubre de 2019

Poema nº 24. Aún guardo aquella imagen

 


  

Aún guardo aquella imagen
 
¿Recuerdas, Carmela?
 Aún guardo aquella imagen
de nuestra hija fundida con la teta.
Tenía un ojo guiñado y te miraba
de forma tierna, dulce y placentera.
 
Ella, estaba recién nacida,
vivía su primer otoño.
Tú, recostada en el sillón
de aquel octubre brillante,
que no dejaba irse al verano.
 
Ella, con su carita redonda,
quieta, sudorosa, satisfecha…
Tú, henchida, la mirabas callada,
mientras, tus ojos le hablaban de amor.

La preparabas para crecer.
Aún recuerdo, cuando juntos,
embelesados, le hablábamos.
Parecía que esperábamos respuesta.

Éramos conscientes de que no podía ser,
pero nada nos apartaba de ella.
Luego, al poco tiempo,
llegaron sus primeros pasos
y ya no paró de crecer.

Cuánta alegría, cuánta risa
mezclada con ocurrencias.
A sus torpes andares, pronto,
se le unieron medias palabras.
 
 Desde entonces, casi en un instante,
todo ha sido tan rápido, tan veloz,
que solo nos quedan sombras sueltas...
¿Recuerdas, Carmela?...
 
 
 

 
 

sábado, 28 de septiembre de 2019

Poema nº 23. Mi calle

 
Mi calle
 
Mi calle, una calle de mi pueblo,
es la calle en la que yo viví mi infancia,
y está frente al camino del Calvario.
 
Entre mi calle, empinada, y el camino,
en medio, estaba la fuente de La Tripa,
junto al matadero, donde bebían las bestias.
 
Allí acudían, casi a las mismas horas, a beber,
al acabar la faena y con andar cansino, se acercaban.
El mulero silbaba y con las manos aclaraba el agua.
 
En mitad de la calle, estaba mi casa,
hecha de piedras de un antiguo palacio.
Pero allí no había limonero, ni huerto claro.
 
Aunque sí había un corral, con “minao” y un torreón.
Allí se criaba una oveja, con conejos, marrano y gallinas.
Allí también había estercolero, lebrillos y una pila.
 
Como el corral era grande, además de bardales,
en él quedaba parte de la antigua muralla.
“No subáis al torreón”, decía mi abuela.
 
Frente a mi casa había un huerto,
que fue del antiguo palacio del obispo.
Allí vivían Sebastián, Dolores y sus hijos.
 
Como la calle era empinada, hacia la mitad,
había un peñón, donde se sentaban
algunos de los que subían, para descansar.
 
Allí fui yo pequeño, pero poco tiempo.
Enseguida mi hermano mayor se fue a estudiar,
el mediano, porque otra cosa no se podía, buscó colocación.
 
Luego yo me fui al internado y, poco después,
nos cambiamos de calle, con la casa nueva aún por terminar.
El mayor se casa en Madrid y el mediano se va a Barcelona.
 
A partir de entonces nos juntamos en vacaciones,
sobre todo, por Navidad. Y ahora, todos casados,
aparecen los nietos: algarabía familiar.